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UNA DE ESPÍAS. O DOS.
Conocemos de ciertas situaciones chuscas, de algún que otro éxito, o incluso de actividades radicalmente ilícitas de los servicios de espionaje de algún país, que de vez en cuando trascienden a los medios de comunicación. Quizás un uno por ciento. Pero nunca sabemos del noventa y nueve por ciento restante de su dedicación a las tareas de la seguridad nacional.

Pregona el locuaz portavoz del Partido Popular, Esteban González Pons, que su Organización reclamará a los tribunales el procesamiento de Felipe González, tomando como prueba de cargo la entrevista concedida por el ex-Presidente del Gobierno a un medio de comunicación. Comentaba en ella el entrevistado al entrevistador que, años atrás, cuando la lucha contra ETA se libraba en solitario, pues no existía colaboración internacional en tal empeño, los servicios de seguridad del Estado le trasladaron el dato conocido con antelación, de una reunión de la dirección de la organización terrorista (sabían del lugar y el día en que iba a celebrarse). Apuntaba el ex-Presidente que habría resultado factible colocar una bomba de tiempo y acabar con aquel grupo de asesinos; pero que no tomó aquella decisión, y más tarde se ha preguntado cuantas vidas de inocentes podrían haberse salvado si su decisión hubiese sido la contraria.

Funcionaron los servicios de seguridad del Estado, y funcionó el Estado de Derecho, y lo hizo garantizando el derecho a la vida de unos asesinos que tantas vidas de inocentes segaron con su sanguinaria sinrazón.

Dice en sus memorias George Bush que él estuvo en contra de la guerra de Irak en la intimidad, y habla del disgusto que se llevó cuando no se descubrieron aquellas armas de destrucción masiva que un circunspecto Aznar, con pose de gran estadista, nos aseguraba que existían en una intervención de porte institucional ante las cámaras de la televisión. Cuando lo de “estamos trabajando en ello”, que tanta hilaridad nos sigue provocando, es probable que Aznar, con las botas de montar sobre la mesa, estuviese convenciendo al dubitativo Bush de que las armas de destrucción masiva estaban allí, que lo sabía de buena tinta, y que aún desde la ilegalidad internacional, había que ir a la guerra.

Evidentemente, hoy sabemos que los servicios de espionaje fracasaron estrepitosamente, ¿o no? Y que Aznar utilizó la legalidad internacional a modo de bayeta.

Ahora, señor González Pons, ya puede ir a los tribunales.

169 VOTOS POR ESPAÑA

El 9 de abril de 2008 tuvo lugar en el Congreso de los Diputados la sesión de investidura que habría de dar inicio a la actual legislatura. La votación arrojó el siguiente resultado: 168 si, 158 no, 23 abstención. Al no haberse alcanzado la mayoría necesaria en una primera votación, el Presidente de la Cámara convocó nueva sesión plenaria, que tuvo lugar dos días después; en este caso las votaciones se saldaron con 169 votos a favor, 158 en contra y 23 abstenciones.

Jose Luis Rodríguez Zapatero fue elegido Presidente del Gobierno de España con el apoyo de ciento sesenta y nueve de los trescientos cincuenta diputados que suma el quorum del Parlamento, esto es, únicamente con los votos del Grupo Parlamentario Socialista.

El 27 de mayo de 2010 celebramos en el mismo lugar una trascendental sesión, en el transcurso de la cual habría de decidirse si España se sumaba al resto de países de la Unión Europea en una gran operación de lucha contra la mayor crisis económico-financiera internacional de los últimos ochenta años, o bien si nuestro país asumía el riesgo de descolgarse del resto de Parlamentos de la Eurozona para arrostrar en solitario unas consecuencias que todos los analistas coincidían en vaticinar como catastróficas.

El Presidente Zapatero presentó a la consideración del Hemiciclo un doloroso paquete de medidas encaminadas a reducir el déficit hasta los niveles acordados por todos los Gobiernos para el conjunto de la UE. Y lo hizo, esas fueron sus palabras, no para compartir el desgaste político que ello habrá de suponer ante los ciudadanos a los que se pide este extraordinario esfuerzo, sino para demostrar que por encima de los intereses partidistas todos situamos el principal interés de preservar la solvencia económica de nuestro país, y con ello las expectativas de una salida rápida de esta crisis que arremete sin miramientos contra los más débiles de nuestra sociedad.

El resultado de la votación fue el siguiente: 169 votos a favor, 168 en contra y 13 abstenciones.

Inmediatamente de finalizada la sesión, todo un tropel de columnistas, opinadores, editorialistas y relatores pusieron manos a la obra para certificar lo que algunos intentan vender como el fin de una etapa. Si un voto más a favor que en contra es el fin de una etapa, ¿cómo se define entonces el resultado de un voto más en contra que a favor?

El Presidente Zapatero contó para su investidura con los únicos 169 votos del Grupo Parlamentario Socialista en 2008. En 2010 España ha contado con los únicos 169 votos del Grupo Parlamentario Socialista para hacer frente a la crisis, hombro con hombro con el resto de países europeos. Y aunque a algunos no les haya gustado, ciento sesenta y nueve son más que ciento sesenta y ocho, y además son suficientes.

Vuelta a perder

Tanto esfuerzo de opinadores, columnistas y comunicadores para hacernos creer que éste era el gran momento en que Mariano Rajoy desbancaría con su solvencia la falta de liderazgo de Zapatero; tanta inversión en encuestas y estudios demoscópicos llenando las páginas de los periódicos los domingos sobre el Día D de MR en el Congreso; tantas horas y horas de tertulias apocalípticas; tantos sermones engañitados desde los micrófonos de los altares anunciando el alea jacta est… Tanto de todo para resaltar la crucial importancia del debate en cuestión, lo que iba a ser la cita definitiva del presidente del Partido Popular con la gloria, no como las 10 confrontaciones anteriores en que salió derrotado o las dos elecciones generales perdidas, que aquello fueron sólo ejercicios para soltar músculos a la espera de ésta su hora estelar.

El debate llegó y el debate se fue. Pasó.

A la luz del los hechos, lo que era definitivo tornó en un trámite insignificante para los mismos que aventuraban una efeméride para la Historia. Por consiguiente, el resultado perdió jerarquía por más que la derrota del líder de la oposición fuese tan estrepitosa que casi ningún medio se atrevió con encuestas aliñadas para salir al quite y echar un capote al líder nominal del PP. Replegáronse y almenaron los articulistas y los tertulianos mudando sus cuitas, chamuscados otra vez en su apuesta al todo o nada, pero dejando en el aire una pregunta que recorre, cual fantasma, los pasillos y salones de España: ¿por qué el PP es incapaz de prescindir del hombre que mejor pierde elecciones y debates?

Trabajo por delante le aguarda al PP a partir de ahora. Le urge una nueva estrategia para apuntalar a su presidente. Quizá alguna convención para re-consolidar su re-liderazgo; ese mismo liderazgo que ya le tuvieron que remozar hace escasos meses. Y deberán hacerlo más pronto que tarde, no vaya a ser que con las lluvias de abril y el sol de mayo reverdezcan cual laureles los líderes o lideresas de siempre, postulándose como alternativa.

Y apareció Aznar. Y levantó el dedo.

Ayer acudir y hoy prescindir

Coincidiendo con el primer aniversario de Barak Obama como presidente de EE.UU., a mediados de semana se celebraron elecciones a gobernadores y alcaldes en algunos estados y ciudades estadounidenses. Los republicanos obtuvieron una clara victoria sobre los demócratas en Virginia y Nueva Jersey, lo que ha dado pie a un aluvión de análisis respecto al descenso de popularidad del inquilino del Despacho Oval y a la frustración de ciertas capas sociales norteamericanas al no ver colmadas algunas expectativas que brotaban al calor de su juramento en las escaleras del Capitolio. Hay incluso quienes van más allá, y así no son pocos los que, al calor el poder económico –el mismo que esquilmó las arcas públicas para salvar sus intereses, sus bonus–, exigen a la Casa Blanca un cambio de políticas.

Angela Merkel, recién elegida para un nuevo mandato al frente de la Cancillería alemana, había venido movilizando durante los últimos meses toda la capacidad que su gobierno tiene, y que no es poca, para minimizar los daños de la operación de venta de Opel a Magna por parte de General Motors. Lo hizo inclusive a través de una dudosa maniobra con fondos públicos que colocaba en franca ventaja a Alemania frente a otros países de la UE afectados por la transacción de la histórica marca que Adam Opel fundara en 1886 para fabricar máquinas de coser. A día de hoy el Gobierno alemán se encuentra con que GM ha cambiado de opinión y ya no vende. Merkel, que se siente engañada, quiere que le devuelvan el dinero.

Por unos meses, el poder económico tuvo que acudir al abrigo de quienes gobernaban. El famoso paréntesis invocado por Díaz Ferrán. Ahora, quieren prescindir de nuevo de quienes gobiernan, llámese Obana o Merkel. O eso intentan.

Los riesgos del negacionismo sobrevenido

A más de uno puede resultarle inconcebible que cubierta casi ya la primera década del Siglo XXI, y en una sociedad moderna como la estadounidense, perviva una enconada disputa entre quienes abogan por sustentar el estudio de la biología en las escuelas sobre la evidencia empírica de la evolución de las especies y quienes sólo capeta interpretar a la raza humana al dictado de las Sagradas Escrituras. Es decir, el darwinismo rebajado a medirse con los milagros del creacionismo.

Pero por negar, no sólo se niega la teoría de la evolución. De hecho, más de 3.000 científicos especialistas en la materia, la ONU, la Unión Europea, la práctica totalidad de los gobiernos del mundo, las organizaciones sindicales, las ecologistas… Todos concluyen que la acción humana está propiciando, mediante un acelerado calentamiento, un Cambio Climático que puede acarrear, si no se ataja de inmediato, consecuencias de dimensiones catastróficas para la Humanidad. Y sin embargo, también hay quienes mantienen una postura negacionista a este respecto.

En España, el club de los negacionistas impenitentes está encabezado por Aznar y sus FAES y por el primo al que Rajoy le regaló la fama. Pero no nos llamemos a engaño. Los negacionistas verdaderamente poderosos no son estos personajes de Berlanga y pandereta, si no aquellos cuyos intereses económicos les hacen temibles mientras permanecen silenciosamente sentados en los consejos de administración de las grandes multinacionales o se esconden tras los cortinajes de los palacios presidenciales. Ocultos y silentes, ellos tejen la urdimbre de su estrategia.

La tarea en la que algunos empeñan sus proselitismo negacionista tiene un guión bien definido: enfrentar la conservación del Medio Ambiente con la destrucción de empleos o la imposibilidad de crearlo. Insistir de forma incansable en que la sostenibilidad hace imposible el crecimiento económico y el desarrollo.

Atentos. Cualquiera de nosotros puede convertirse al negacionismo por necesidad o por miedo.