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El dolor es una pregunta sin respuesta

Recuerdo la llamada telefónica que me adelantaba la trágica noticia. Estaba en el despacho de la Alcaldía del Ayuntamiento de Lena. Las horas habían ido discurriendo con un ritmo diferente: las primeras noticias tan confusas, el caos, las vías, la gente aterrorizada entre los vagones, el penetrante sonido de las sirenas, las palabras entrecortadas de los reporteros…

Cuando me dijeron su nombre no supe ponerle cara, pero no tardamos demasiado en ubicar su entorno familiar, la casa, sus padres… Te golpea la noticia del atentado, pero la cercanía de la víctima hace que el dolor se mezcle con otros sentimientos difíciles de definir.

La primera visita a sus padres fue especialmente amarga. Dos buenas personas que habían dedicado su vida a su familia, con años de trabajo y privaciones, y ahora les arrancaban una hija de una forma cruel. Cada palabra me parecía inútil al ver aquellos ojos que me hacían preguntas para las que no tenía respuestas.

Fueron pasando los días, las ceremonias, los actos de duelo… Sólo querían rodearla de cariño, que no la molestasen. Por eso se llevaron su recuerdo a la tierra de su infancia, allí donde el valle del Huerna se hace montaña. Y casi nada pidieron, quizá porque todo habría sido poco para apaciguar tanto dolor.

Ha vuelto a ser 11 de marzo y me sentí mal porque hacía demasiado tiempo que no recordaba. Madrid me aleja también de muchos sentimientos. Tiempo y distancia. Pero volví a su memoria, a pensar en sus padres, hoy seis años mayores que entonces y para los que sigo sin tener respuestas a su dolor.

En el hemiciclo guardamos un minuto de silencio. Antes habíamos aprobado declarar cada 27 de junio, desde este de 2010 y para el futuro, como día de las víctimas del terrorismo. No quisiera acordarme de ellos sólo en ese día convertido en efeméride. No sería justo.