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UNA CATÁSTROFE MEDIOAMBIENTAL

Alguien debería hacer una encuesta entre la población de las zonas afectadas por la catástrofe medioambiental del golfo de Méjico, preguntándoles a los ciudadanos si estarían dispuestos a modificar determinadas pautas de su patrón de vida, para contribuir a la erradicación de los factores de riesgo que conllevan algunos usos inherentes a nuestra “civilización”, como es la dependencia de un petróleo que, periódica e implacablemente, se convierte en una plaga que arrasa territorios enteros, borrando de la faz de la Tierra un patrimonio de vida del que ya no podrán disponer las generaciones que nos sucederán sobre el Planeta.

Probablemente esa encuesta nos diría que hoy y allí podrían ponerse en marcha políticas de amplio contenido medioambiental que contarían con total respaldo social, rigurosamente sostenibles, y comprometidas en términos de solidaridad intergeneracional. Pero ¿durante cuánto tiempo somos capaces de mantener una filosofía de vida compatible con el respeto a la biodiversidad?, creo que sólo aquél durante el cual somos capaces de identificar degradación ambiental y pérdida de calidad de vida.

Actuamos cada vez más en función de la prioridad inmediata, insensibles a las consecuencias que puedan derivarse hacia el futuro de nuestras propias conductas de hoy. Y los medios de comunicación, la publicidad, los mensajes políticos, y hasta la educación se producen cada vez más pensando en los cortos plazos, y con ello los plazos para muchas cosas se acortan cada vez más. También para calibrar los límites de la supervivencia.